Mi móvil me indica: «mayormente soleado, 41 grados»; la pantalla me devuelve un rayo solar que amenaza con dejarme adherida a mi celular de por vida. Contemplo atónita -camino del trabajo, 14.30 horas- como pasean a un pobre perro que literalmente va dando saltitos.
No me puedo parar… mis sandalias comenzarían un romance con el asfalto y la separación sería imposible, todo un punto sin retorno. Me prometo a mí misma que no consentiré ver otra escena como ésta, que pondré a mi disposición toda una orquesta a favor del trato del pobre bicho. El «animal» se aleja, el perro también y yo continúo dando bocanadas a mi puesto de trabajo.

Tomando el sol en una sartén

Nuestra realidad…

En el trayecto he pasado por tres bazares orientales, un local de accesorios de telefonía regido por un ciudadano hindú, al otro lado casi idéntico se yergue otro local de igual ofrecimiento; hay una tienda de segunda mano -muchas veces con muebles maravillosos- que la llevan latinos; si cruzo la calle me espera un ultramarinos -maravillosa palabra- en manos de unos chinos, al lado de una frutería en manos de una pareja árabe, un restaurante chino (ganan por goleada los paisanos de la Gran Muralla)… y casi ya en mi trabajo, falta una farmacia, muy bien situada, pero con gente un poco oscura en su relación con el cliente; por fin antes de llegar, una súper tienda, antiguo concesionario de automóviles convertido en bazar.

Polígono Cobo Calleja

Llego a la plaza Almodóvar, repleta de castaños de indias y con unos cuantos bancos, refugio para inmigrantes en paro; veo caras conocidas en el día a día. Llego a mi trabajo, mis sandalias lo agradecen, mi garganta también; bebo agua como si el manantial de aluminio fuese a dejar de existir y me pregunto si se puede volver del desierto sin sed, sabiendo que es imposible.

Desierto

Si recorremos las calles de nuestros barrios, familiares, protectoras, amigables, nuestras, donde para situarnos decíamos y aún insistimos en ello como los viejos fantasmas que siempre nos acompañan: «Sí, es donde López», «donde El Paso», tiendas míticas que han ido dejando en nuestra memoria un mapa de la seguridad, donde por mucho que pongan y repongan siempre será nuestro recuerdo quien se apodere de ese territorio.

Se han ido, sin lucha, con la sumisión necesaria del abandono… ¿qué mal nos acontece en España para no poder arropar lo nuestro, para hacer de todo lo nuevo lo mejor, de ir cediendo y cediendo terrenos que no se van a poder recuperar nunca? Admiro las viejas tiendas británicas de postales, aquí impensables, con una solera e historia que ningún viento nuevo jamás arrancará, ¿de qué adolecemos?, ¿somos ingratos con nosotros mismos?, ¿cedemos demasiado pronto? o ¿no nos queremos en demasía?

Las culturas enriquecen a cualquier país, cierto, pero a cambio no podemos vender edificios emblemáticos o aeropuertos sin aviones al mejor postor, vender señas de identidad siempre pasa factura.

Facebook map

Si nos contasen en la actualidad el cuento de Cenicienta por primera vez, corriendo a las 12 de la noche, con su pérdida de zapato, la locura de un heredero enamorado en busca del pie soñado y fin ¿O no?

En España le pondríamos punto y final con ese soniquete que nos taladra el celebro: «y fueron felices y comieron perdices…» y me imagino el cuento en versión extranjera: empresarios que hacen suya la idea, la locura inundaría los escaparates con montones de zapatitos de cristal, todas las damiselas tendrían su talismán cristalino, el príncipe, si ha de llegar, vendría después.

Pero esto es asunto del corazón, ajeno a los embistes que hay que acometer diariamente en el terreno económico, y si fueron felices, ha de ser tratado en otro espacio, que por cierto hay en demasía en nuestras cajas tontas nacionales, saturándonos de una especie de analfabetismo crónico que se siente en la piel de toro.

03

Son las veinte horas, regreso a casa, cansada, y contemplo como en la plaza Almodóvar juegan niños latinos, con niños chinos, con niños árabes, con niños españoles, que no saben de fronteras, como ha de ser.

Me pregunto si el día de mañana sentirán esta tierra como suya, si sentirán que esta cultura les atrapa, si leerán a Lorca con la emoción necesaria para hacerlo; estoy segura, pero mi deseo sería poder sentir con infinita certeza que alguno de ellos, el día de mañana, será dueño de una zapatería llenita de zapatitos de cristal.

Me alejo… ansío llegar a casa, este desierto me provoca una sed inmensa y con anhelo creciente, acuciante, vuelvo del desierto con un ambición infinita de verlo poblado de oasis.

Oasis en el desierto de Libia

About Ángeles Manzaneque

Emprendedora sin saberlo, embarcada en un sueño junto a su marido hace muchos años y que con el tiempo se ha convertido en su medio de vida. Lectora empedernida, comprometida con aquello en lo que cree, defendiéndolo pese a quien pese. Escribe porque por su sangre corren las letras hasta llegar a su mano que las dibuja con delicadeza sobre un papel.
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