A la hora de emprender, suele ocurrir que estamos tan entusiasmados con nuestra idea que nos resulta imposible pensar que pueda resultar un sin sentido para los demás. Y nos enfrascamos en ella, diseñando una batería de servicios y mostrando una disposición plena para conseguir la perfecta ejecución de los proyectos.

Cobrar… ¡ese gran misterio!

Pero suele ocurrir también, que tan enfrascados estamos que nos olvidamos de algo fundamental, como es la puesta en valor de nuestro trabajo. Y no me refiero con esto al simple hecho de poner un precio a lo que hacemos, sino de valorar lo que hacemos. Es como si nos diera vergüenza decir que eso que hacemos merece una estimación en forma de dinero –cobrar-, porque somos personas emprendedoras que tenemos la costumbre de comer todos los días.
Esperamos que nuestros posibles clientes vean como algo de Perogrullo semejante cuestión, y suponemos por tanto que no les parecerá descabellado pedir una remuneración por nuestra labor.

Pero hete aquí que esto no es siempre tan sencillo, especialmente cuando nuestro trabajo consiste en pensar, en poner sobre papel ideas que pululan sin orden ni concierto, para ordenar todas las notas y construir un proyecto que encandile a las administraciones y se pueda poner en marcha. Hablo por ejemplo de las antenas sociales que construyen proyectos en programas europeos. Qué difícil es hacer entender entonces que esa labor previa tiene un coste.

esa labor previa tiene un coste

Llegados a este punto, surgen muchas dudas, tras la frustración previa de saber que todo se fía a una sola carta, la de la eventual adjudicación del proyecto, sin ver nada de por medio con cierta anticipación. Y se nos plantea si es que debemos, como antena social, dar otro enfoque a los servicios, alternando aquellos que dan subsistencia al proyecto y otros que dan cobertura a nuestra necesidad social y personal de construir.

Esto del emprendimiento social, definitivamente, es complicado de hacer entender. Y si sumas a esta figura el que trabajes en un ámbito como el de la consultoría, más todavía. Porque si reclamas el pago, parece que caes en las redes de la consultoría pura y dura. Y si lo dejas pasar… bueno, si lo dejas pasar, entonces la cosa puede ponerse fea para nuestro proyecto.

conciliar

En fin, no nos queda otra que seguir trabajando duro para hacer entender que esto del emprendimiento social y la consultoría es un matrimonio posible y sostenible, siempre y cuando nuestros posibles clientes entiendan que la remuneración coherente de nuestros servicios no es un afán codicioso ni una loa al capitalismo, sino la valoración del trabajo entendemos que bien hecho y el tener que atender a necesidades vitales.

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