Y habiendo llegado hasta aquí, no albergo duda alguna. Creo que los responsables son, entre otros, ese grupo de neuronas encargadas de competir por seleccionar aquellos recuerdos que nos han enseñado a sobrevivir y adaptarnos para ser lo que nuestros sueños nos decían: ¡disfruta compitiendo!
Y, al tiempo, han ido borrando todo aquello que nos ataba a la resignación, la apatía o la desgana. Al menos en mi caso es como si en mi cerebro, durante todo este tiempo, se haya librado una batalla por salvaguardar «lo importante» y soltar lastre de aquellos otros que me impedían navegar mejor desplegando las velas de la utopía y la pasión emocional.

El deporte de emprender.

Quizás fuera por eso, por lo que -desde mi niñez- me enganché a la vida. Porque al no existir más redes que las de unas porterías de madera (de mi querido colegio de jesuitas), en lugar de hablarnos a través de las redes sociales (como hoy parece ser «lo normal»), nosotros nos mirábamos «en vivo y en directo» y compartíamos casi todo: desde un humilde búcaro de agua, pasando por la mitad de un bocadillo de pan con chocolate y mucha, muchísima sana complicidad.
Y el terreno donde dirimir nuestras disputas era un modesto campo de fútbol. Los mensajes eran personalmente directos, nada de whatsapp, y las miradas también. Tras 90 minutos más o menos competitivos, llegaba lo mejor de todo: la convivencia de la que nacen los equipos.
el gol de la victoriaAhora recuerdo -con emoción- ese gusto por esforzarse, por sacrificarse en lo que resultaba tan duro como necesario para mejorar nuestras habilidades para competir deportivamente. Simplemente soñábamos. Imaginaba aquella parábola perfecta que evitaba la barrera para entrar en la portería. E incluso ese chute de endorfinas al ver que dabas el último pase para que un compañero, mejor posicionado, marcara el gol de la victoria.

Con aquel «aprendizaje» no formal, en un lugar tan informal como el patio de un colegio, en horas del recreo diario o de un sábado mañanero con frío o calor, se estaba fraguando -sin saberlo- mi «salto mortal». Ese que nos llega, cuando no nos queda más remedio que «con el susto entre las alas», saltar del área de confort y planear por tu cuenta y… riesgo. En esa extraña sensación…

Y es que, para mí, sacar a la luz todas las experiencias vitales de mi mochila deportiva y decidirme -llegado el momento- a emprender, ha resultado determinante para saber caer y levantarme, ganar y perder, disfrutar con mi victoria y sufrir con la derrota del equipo contrario, acompañar y sentirme sólo, abrazar y ser abrazado. Saber que ganar no te convertía en mejor. Que el compromiso de asumir el riesgo, que pocos querían, en una decisión deportivamente vital, era el material con que se construía un liderazgo. Que la realidad de un resultado depende sólo de la mirada con que la analizamos. Que a veces una derrota es un paso atrás para coger impulso y reforzar el amor propio.

Como aprendí a sufrir con esa media hora más de entrenamiento diario, cuando los demás ya estaban en la ducha. Negarme a ello, dándole la razón a mi «deseo» me parecían excusas injustificadas de perdedor. Era como si mi cerebro tratara de sorprenderme -engañándome- con la idea de lo estéril o innecesario de mejorar lo que ya funcionaba bien, a la vista de los resultados. Y es que era eso precisamente: los resultados, lo que menos me importaba. Me gustaba, disfrutaba con ese reto, que como un sueño, persigue a todo emprendedor: dar lo mejor de sí mismo para que su trabajo, además ser fuente de su subsistencia, sirviera también a los demás, al equipo, al Colegio al que representaba, a los compañeros que nos animaban.

Hay un sorprendente mestizaje entre el emprendedor y el deportista. Desgrano, a sabiendas de que me quedo muy corto, sus enormes similitudes en las claves de bóvedas sobre las que se diseña un mismo destino:

Tener un sueño: una meta a la que quieres llegar.

Deportista y emprendedor comparten mucho más que un sueño: la ilusión porque, nada ni nadie nos pueda arrebatar la locura de hacer posible lo que hemos decidido ser.

Tener un sueñoY viven en una suerte de ambiente, donde cada pequeña victoria u objetivo alcanzado, la superación de aquella debilidad o aquel partido perdido, nos va trazando el camino que ni el miedo al fracaso es capaz de parar.
Salimos a darlo todo por ese sueño, sin regatear las dificultades o el sacrificio que, cada mañana, sabemos nos espera cada vez que saltamos de la cama y ponemos los pies en el suelo. Es como una religión sencilla: no hay doctrinas, no hay templos, no hay buenos y malos.

Sólo estás tú y tu sueño. De ti depende que, lo que resulte invisible a muchos ojos, tu ilusión los haga realidad visible para todos. Y solamente tú sabes lo que eso ha costado y el futuro que has dejado abierto.

Tener un equipo: mucho más que tener personas.

Si es fundamental divertirse «siempre» jugando/trabajando, igual o más básico resulta que tu equipo, donde nadie es imprescindible y sin embargo todos son necesarios, esté alineado con la meta o nuestro sueño. Deben sentir que «pertenecen» a un grupo humano con un compromiso común.
Tener un equipoSin la intensidad en la ilusión por llegar a la meta compartida, se puede alcanzar lo que necesitamos, pero cuando se tiene un equipo se lucha por lo que «nos merecemos». En un equipo, el peor daño posible es dejar que la envidia o el ego lo terminen contagiando como una enfermedad incurable. Por eso, «hacemos equipo» cuando compartimos los principios (honestidad, comunicación, sinceridad y respeto) que nos permiten alcanzar nuestros sueños y nos mantenemos unidos -apoyándonos- como evidencia de un progreso, donde nadie escatima en el esfuerzo de su palada, para que la embarcación-equipo se asegure la llegada a la meta. Y una vez alcanzada, retomamos la autoevaluación permanente que nos permita tomar las decisiones que, por su calidad y ser compartidas, nos consolidan como equipo estratégico, sólido y con talento.

Tener un líder: algo más que un liderazgo.

Hay quien confunde al líder con un buen jefe-guía de personas. El guía-entrenador negocia con la ilusión de su equipo para mantenerla y controlarla. En cambio un líder no le basta con mantenerla, necesita hacer que se desarrolle, que se expanda como una onda generadora de esperanza. La mirada de un liderPara un jefe de «recursos» humanos, el camino está trazado como si fuera un destino.
Para un líder no hay un único camino y, si resulta necesario, se sale del mismo para señalar otro más ilusionante que renueva la confianza del equipo. Para un guía-presidente, lo básico reside en copiar, imitar y administrar lo que funciona, porque le interesa el cuánto y el cómo.
Para un líder, lo fundamental es crear innovando a partir de lo que funciona preguntándose el para qué y el por qué, para hacerlo mejor.

Y aquí termina mi confesión escrita, juzguen ustedes si estoy equivocado en la importación de aquella «actitud deportiva» colegial a la vida del emprendedor.
Es opinión, nunca doctrina.

About Adolfo Fraile Nieto

Letrado, sevillano y bético, es profesor de Práctica de Derecho del Deporte en Escuela Oficial de Práctica Jurídica Forense del Ilustre Colegio de Abogados de Sevillla y Coordinador docente de la Cátedra Mutualidad Curso "Organización Profesional Básica del Abogado" en Mutualidad de la Abogacía. Presidente del Comité Jurisdiccional y de Conciliación de la Real Federación Andaluza de Fútbol Presidente-Sup. del Comité de Disciplina Deportiva de la Federación Andaluza de Taekwondo. Asesor técnico en relaciones institucionales. «...y muchas otras cosas, pero se van a terminar las gambas, así que tengo que dejaros...»
ga('set', 'userId', {{UA-61786709-1}});
A %d blogueros les gusta esto: