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Entro en el metro, no es hora punta a pesar de lo cual todos los asientos están ocupados, así que me apoyo junto a una de las puertas.
Son siete estaciones, no demasiadas si se comparan con las del Via Crucis, que son quince, pero suficientes para poner el radar en modo “on”, una de las cuatro opciones que el metro te ofrece cuando viajas solo:

Mirando el móvil en el metro

a) Echarle un vistazo al móvil aunque no tengas cobertura o la conversación con alguien sea del estilo: “¡Ho.a, ¿.ué .al ..tás?” y te contesten “.as en e. metr., ¿.o?” y tú, elevando la voz, digas “Si, ¿n. .e .yess?”, y el otro “Mu. bi.. no. .ien.s ..bertura, ¿.o?” y tú, gritando ya, “¿Qué dic.. de .a verdura?” y después silencio al otro lado de la línea, mientras todo el vagón te mira como si fueras idiota, lo que uno jamás debería descartar. Bien, eso es lo que me pasa a mí con el móvil en el metro, pero no a todo el mundo porque veo con frecuencia a otras personas hablando con el artefacto de marras sin ningún problema y en ese momento entro en modo “paranoico” …. “mmmm, ¿cuál será la compañía que habrá contratado el jodido ése que habla por teléfono sin que se entere todo el convoy, mientras yo no puedo hacerlo?” o “¿me perseguirán las compañías de móviles a mí?” o “Ya sé, está hablando consigo mismo para que los demás nos hagamos las mismas preguntas absurdas que me estoy haciendo yo porque no puede ser que todo el mundo tenga cobertura y mi puto móvil de mierda no la tenga”.

Leer en el metro

b) Leer o hacer como que lees, pero leer te identifica:
Si es un periódico determinado (bien, técnicamente siempre es un periódico determinado), los que van a tu alrededor te pueden calificar de facha, rojo, indepe o freaky según lo que leas. Y si lees un libro lo mismo porque, pongamos por caso, no es lo mismo leer “Cuatro cuartetos” de TS Elliot, que nadie por aquí salvo algún colgado o profesor universitario sabe quién es, que leer “50 sombras de Grey” que nadie por aquí salvo algún colgado o profesor universitario deja de saber qué es. Tampoco es lo mismo leer un ensayo de Marshall McLuhan acerca de la aldea global o sustentando su famoso “el medio es el mensaje” que la autobiografía de Belén Esteban, todo un clásico de la comedia culebra. O sea que leer, aun siendo eficaz para aprender, etiqueta aunque uno no quiera. Es más, el mero hecho de leer, sea lo que sea, ya etiqueta: “¡qué tío más raro!… ¡está leyendo!”

modo radar en on

c) Poner el radar en modo “on” (a comentar después).

modo nada

d) No pensar en nada, no hacer nada, no mirar otra cosa que no sea el techo del vagón o un punto indeterminado en la lejanía que suele ser el barrote central al que nos agarramos para no caernos cuando el metro se mueve.
Esta actividad es muy recomendable porque descansa la mente, pero comporta dos riesgos: a) tanto la descansa, que ya he perdido la cuenta de las veces que me he pasado de largo mi estación de destino; b) a veces se me va la cabeza y empiezo a pensar en las bailarinas de Las Vegas contoneándose alrededor del barrote central y entonces no descanso la mente un carajo.

Bueno, pues el día de autos, me decanto por la opción “Radar on” y tengo 7 estaciones para “radarear”, así que observo, yo, que necesito prismáticos para ver un elefante africano a cinco metros… sí, yo, observo.
El rango etario de los pasajeros va desde los 15 años hasta los 70 o eso me dice el cerebro tras una mirada furtiva y un procesamiento fugaz de la información. Pienso en ellos, veo sus atuendos, su lenguaje corporal y sus caras. Unas 40 personas se hallan en mi radio de visión; esa es la cifra que calculo con un margen de error de +/- cinco, que para eso soy de ciencias. Hay de todo: veo caras risueñas, caras neutras, caras enlutadas, de esas que sólo transmiten tristeza, alguna mirada vacía, de las que dan miedo, caras conversando y que enfatizan lo que dicen con los gestos de sus brazos y sus manos, más caras conversando, pero sonrientes, como si trataran algún tema frívolo o sin importancia, y también veo caras enfermas, una con la ictericia desbordando las cuencas de sus ojos, otra con las alas de la mariposa del lupus eritematoso y otra emaciada que no presagia nada bueno, pero nada.
El metro es un trajín de caras, de cuerpos, de actitudes. El metro es la ciudad subterránea, un mundo paralelo donde la soledad del pasajero que viaja sin compañía se revela en toda su amplitud.
Vamos a los bares (mucho), a las discotecas (íbamos), a los gimnasios (es como ir a misa, un acto de fe para retrasar el afeamiento que el tiempo produce en los cuerpos) o a los cruceros (esto de los cruceros es un suponer porque cuestan una pasta) y lo hacemos, en gran medida para relacionarnos, pero el metro sólo nos transporta y nos vacía tanto el alma (me refiero sólo a los que la tienen: absténganse “desalmados”) que ya ni hacemos caso al músico irlandés que toca Molly Malone en el transbordo, aunque lo haga de maravilla.
Así me quedo, cavilando en todo eso, cuando pienso (¡empatía!) en cual será mi cara, mi aspecto y mi lenguaje corporal porque los he descrito a todos, pero no me he descrito a mí mismo.
El narrador en su viaje astral no se ha mirado mientras acribillaba a pensamientos a sus compañeros de viaje, pero, sin embargo, hoy ha confirmado algo que nos une a todos los pasajeros de esos vagones ausentes de poesía salvo la del irlandés cantando “Molly Malone”: el móvil.
A excepción de los que hablan o de alguna pareja acaramelada, todo el mundo mira su móvil permanente o intermitentemente.
He visto a alguien leyendo un periódico, pero a nadie leyendo un libro, absolutamente a nadie: ya no es como en los viejos tiempos.
Definitivamente el móvil mató al libro como el vídeo a las estrellas de la radio.

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