Emprendiendo desde las alturas

Esta es la historia de como un equipo, denostado un día, es capaz de alzarse con la victoria a las pocas semanas y ser campeones del mundo o cualquier cosa que se proponga. Cuestión de equipo.

Los que faltaban

Al principio del principio y por razones distintas, Marc, Ricky, Serge, Juan Carlos y Juan Manuel renunciaron o -como en el caso de Serge-, siguiendo una normativa absurda que sólo nos aplica a nosotros pero no a los franceses ni a los países del Este, «fueron renunciados».
Esas ausencias propiciaban el desánimo y presagiaban la tormenta. Parecía que íbamos a librar la guerra con un ejército de plastilina, blando y fofo, sin nada más que ofrecer al mundo que un tipo supuestamente en decadencia y cuatro rookies que apenas estaban aprendiendo lo que era el pick and roll.

España equipo acabado

Lo del año pasado tampoco invitaba al optimismo porque, a estas alturas, parece claro que debemos irnos lejos para demostrar algo.
Y estaba la grandeur, esa grandeur que es sólo un viejo fondo de armario donde alguna vez existió nostalgia de imperio y ahora anida la nada, aunque algunos sigan creyendo que anida un gallo, pero lo más luminoso siempre fue Voltaire, un soldado imposible, un sabio enorme, que de todo hay.

Lo que dijeron del equipo

Dijeron que el equipo no era tal, que no tenía trazas, que le faltaban brazos, que no había músculo, ni estatura, ni rebote, ni tiro, nada.
Sólo les faltó decir que eran un grupo de amigos reunidos durante quince días para jugar a los bolos o echar unas partidas de mus y jugar al «subastao». Chicos ricos, ahítos de NBA algunos, soñadores imberbes los otros.
Eran 12, pero no había roster, así que dijeron que sin roster, cuando fallara el grandote avejentado por el sol de California, el viento de Chicago y los millones de dólares, ¿qué harían los otros 11? Como si los otros 11 fueran una banda de pandilleros suburbiales criados en el fútbol de arrabal, pero pasados al baloncesto porque salieron más altos que la media.
Los despreciaron como se desprecia lo que se desconoce o lo que se odia y los que los queremos, que somos la inmensa mayoría, hasta nos lo creímos, algo que ilustra mucho acerca de la credibilidad de las encuestas y de aquellos con alma de futurólogo y visiones de bombilla fundida.

El grupo de la muerte

Para rematar los negros presagios de los oráculos, a los chicos de plastilina les tocó el grupo que nadie quería.
Estaba Alemania, un equipo algo tosco, pero con Nowitzki y Schröder.
Serbia, uno de los favoritos al título, con los jugadores más altos de todos y un tipo que se llama Nemanja Bjelica al que no querría yo encontrarme en un callejón oscuro en el invierno de Belgrado.
Italia, que lleva años con melancolía de Dino Meneghin, pero que ahora tiene a Belinelli, a Gallinari y a Bargnani.

España Turqía

Turquía, de jugadores siempre grandes y anchos, aunque poco resolutivos si no juegan en su casa. Pero con Ylyasova, que para algo juega en Milwaukee.
Y finalmente Islandia, un equipo de contables que se lo puso difícil a más de uno.

Pasamos el corte de milagro cuando Schröder lanzó un tiro libre con la levedad con la que se lanza un avión de papel. Fuimos por un momento el golfista que la emboca desde el bunker a 30m de distancia, sin ver ni la bandera del hoyo y hace el birdie de su vida.
Pero fue ese tiro libre el detonador de todos los pasados desde 1999 cuando los chicos fueron Juniors de oro en Lisboa y ante USA. Ese tiro encendió el futuro de un equipo que siempre fue eso, un equipo que se agarró como una lapa gigante a la roca de la supervivencia y luego ya no hubo galerna capaz de despegar a ese molusco: la lapa había llegado para quedarse en Lille hasta el final y comerse al resto de crustáceos.

La segunda fase

Y llegó la fase del todo o nada: ganar y seguir o perder y volver. El momento trágico donde la diferencia entre el éxito y el fracaso es una frontera que de difusa no se ve.

Primero fue Polonia que, aunque les puso a los «Seniors de oro» tres cuartos difíciles, se olvidó de que los partidos de basket duran cuatro y, en el último, el grandote avejentado y sus pandilleros suburbiales mandaron a parar, como diría el viejo Comandante, y Marcin Gortat y sus chicos se disolvieron: la plastilina empezaba a tomar consistencia, como lleva ocurriendo hace más de 10 años, sobre todo en ambientes hostiles.

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Luego llegó Grecia, un equipo enorme, con un roster envidiable, un gran entrenador y la justa subió muchos peldaños. Grecia era un equipo hecho desde el honor y la leyenda de su historia. Un equipo diseñado para alegrar a un pueblo que anda en horas bajas. Grecia era el terrorífico Spanoulis, otras veces verdugo, un Antetokoumpo, al que yo desconocía, que lo envías a Las Termópilas y acaba el sólo con Jerjes y su ejército, Bouroussis y Koufos, dos centers enormes para parar al grandote avejentado, Calathes que las mete dobladas desde el perímetro del perímetro y un runrún de jugadores grandes, fuertes, ágiles y expertos que, acabado el tercer cuarto, nos empezaba a despedir del Eurobasket y no, tampoco fue así. El equipo de fofos apretó la lapa a la roca y, aun sufriendo, superó a un equipo superior volviendo a constatar que el valor de la determinación es un bien del que todos andan escasos. Y los fofos dejaron de serlo.

La victoria contra el invasor

Cuando yo era niño me enseñaron una guerra a la que llamaron la guerra de la Independencia y me dijeron que el invasor era francés. Desde entonces yo, cuando veo un invasor, siempre me acuerdo de Napoleón, ese hombre que nunca desistía de las derrotas en tierra ajena (aquí, en Rusia y, finalmente, en Waterloo).
Entrar en el pabellón de Lille con 27.000 seguidores del gallo vociferando contra uno te deja sin muchas opciones: o te cagas o te subes a su chepa. Pero a los Seniors de oro los pone el bramido ajeno más que el aplauso propio, algo que Vincent Collet, seleccionador de Francia, aún no ha entendido.

Francia no es un gran equipo. Francia es dos jugadores con mucha clase, Tony Parker y Nando de Colo, y diez karatekas gigantes que bien podrían formar parte de su selección de rugby. Con eso y en casa, les había bastado hasta que llegaron los Seniors de oro en, quizá, el mejor partido de su historia.
Al principio del cuarto cuarto los franceses ganaban por 11 puntos y cometieron el tremendo error de creer que el partido era suyo. Todos los seniors empezaron a jugar como un equipo, aunque era Pau quien las metía, pero el mejor ejemplo de ese juego colectivo fue la última jugada donde tres jugadores pudieron encestar y se la prestaron al chico de Sant Boi, más que nada para redondear, llevaba 38 puntos y 40 da mejor.
Ni el churro de Batum, otro rudo leñador, metiendo un triple en el último segundo y forzando la prórroga les salvó de su destino perdedor porque la plastilina se había transformado en hormigón armado.

80 – 75: la banca también pierde a veces.

Pau Gasol

Luego llegaron las quejas en forma de arbitraje porque no pudieron parar a Gasol, pero es que el reglamento de la FIBA aún no permite el uso del Colt 45 en la pista o en forma de acusaciones de dopaje, algo gracioso viniendo del país que lo inventó cuando, en la Guerra de las Galias, Astérix, Obélix y sus chicos, ciegos de pócima mágica, aplastaban a los romanos.

Scariolo

Me dejo casi para el final a este hombre engominado, tan de Brescia él, y con un sentido de la estrategia inmarcesible.
Quizá le podemos criticar lo poco que mueve el roster jugando con ocho, pero su estrategia de defender a Pau de las faltas y del cansancio colocando a la vez a Mirotic, Felipón y Claver, que salta como un negro siendo un blanquito de Valencia, fue siempre efectiva y, cuando Pau salía de nuevo, ahí estaba el Chacho o Llull abasteciéndolo de bScarioloalones interiores para que desesperase a Rudy Gobert, al que eliminó por faltas, o a Joffrey Lauvergne que se está planteando dejar el basket e ingresar en un convento.

Collet, de nuevo se equivocó: contra Pau no valen dos gigantes de 500 kg cada uno aunque salten y lleguen al Aconcagua. Cuando un tipo se pone a jugar al basket y baila el jazz al ritmo de Ray Charles, no puedes hacer nada: Collet nunca entendió que a Pau jamás lo iban a parar, ni que flotarlo más allá del triple era una estupidez estratégica porque un pívot que te mete 6 de 7 triples es un jugador irrepetible. Por no entender, ese Collet, luego frustrado, no entendió que rodear a Pau de cuatro karatekas sólo era generar espacios para que el Chacho y Llull los frieran desde fuera.

Y todo eso lo supo Scariolo desde el principio: por eso aquel perdió y éste ganó. No es cuestión de árbitros ni de doping: es cuestión de superarse y ser mejor.

El grupo humano: ese símbolo

Después jugamos la final, pero sólo fue un trámite porque quien viene de ganar a Napoleón en su casa, no suele perder el partido siguiente: Lituania jugó y perdió con dignidad.

Y así fue como un equipo fofo y de plastilina se convirtió otra vez, cuando nadie arriesgaba unas patatas bravas por él, en el nuevo Campeón de Europa.

España Campeona 2015 Eurobasket

¿Para qué vamos a hablar de esfuerzo, de trabajo en equipo y de buen rollo si ellos nos lo enseñan cada verano?
Tenemos a los Senior de oro y somos ANEEE: esfuerzo, trabajo en equipo y buen rollo.

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